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diumenge, de novembre 30, 2014

REFLEXIONS



Que Javier Marías diu les veritats del barquer no hi ha dubte per més mania que alguns li tinguin per no ser d’aquí i no acabar de combregar amb el “procés”. Però sigui com sigui les diu tan clares i profundes que generalment  és difícil refutar-ho. Com avui en aquest article de EPS que us aconsello amb tot plaer.
MIRA LO QUE HAGO
No por sabida la situación, impresionaba menos la fotografía que ilustraba el reportaje de Guillermo Altares del 1 de octubre en este diario: una patulea de sujetos ante La Gioconda, en el Museo del Louvre. El batiburrillo es tal que cuesta individualizarlos y contarlos, pero creo que son unos treinta (más no captaba el objetivo, pero seguro que más había), de los cuales sólo tres se puede asegurar que estén mirando –intentando mirar, mejor dicho– el pequeño cuadro. Mirándolo de veras. El resto está dedicado a hacerle estúpidas fotos con sus estúpidos móviles. Aún habría sido posible una imagen más escalofriante o deprimente, por lo que relataba el reportaje: la de una patulea equivalente dándole la espalda al famoso retrato (no muy atractivo, según mi criterio) para hacerse un selfie en el que se viera a cada visitante con la pintura al fondo, como adorno. Las últimas veces que estuve en esa sala, hace ya años, el panorama era desolador, pero no tanto. La gente se agolpaba ante La Gioconda –no recuerdo si se permitía fotografiarla entonces–, mientras desdeñaba uno o dos cuadros más de Leonardo da Vinci que se hallaban allí mismo, no digamos las maravillas de otros maestros repartidas por el museo. Pero al menos la marabunta no daba la espalda al objeto de veneración superficial, es decir, la “obra maestra” no había pasado a ser un mero escenario, un mero decorado de lo verdaderamente importante: uno mismo.
Es innegable que una de las causas de la imbecilización del mundo es la publicidad; que la humanidad lleve décadas sometida a ella –a un perpetuo bombardeo de ella– ha traído sus consecuencias. Mucha gente quiere ser cada vez más como la gente de ficción (y cretina) de la mayoría de los anuncios televisivos, y éstos han popularizado dosslogans particularmente nefastos: “Yo estuve allí” y “Este es un acontecimiento histórico e irrepetible”. Se considera “acontecimiento histórico” cualquier chorrada; desde la entrada de una tonadillera en la cárcel hasta la primera vez que Messi sale al campo disfrazado de senyera. Y sí, claro, todo es “histórico e irrepetible”, también este trivial momento en que yo escribo este artículo, pero a quién diablos le importa tamaña insignificancia. A cada individuo que presuma de “haber estado allí”, sea “allí” el Camp Nou con Messi vestido de bandera o la caída del Muro de Berlín en su día, habría que contestarle con crueldad merecida: “¿Y? ¿Tuvo usted alguna influencia? ¿Habría dejado de suceder la cosa si se hubiera ausentado? ¿Es usted mejor por haber formado parte de una masa? ¿No sabe que por televisión millones han visto lo mismo y podrían afirmar haber estado también allí, aunque no fuera cierto, y contarlo probablemente con más detalle?” Supongo que para combatir esta última pregunta están los selfies: “He aquí la prueba, véanme con La Gioconda como ornamento, o con el Adán de Miguel Ángel y su dedo”. Pero claro, resulta que la Capilla Sixtina recibe actualmente 22.000 turistas diarios, y nunca hay menos de 2.000 personas allí congregadas, una permanente muchedumbre. ¿Qué más da que esté usted ahí, sin mirar los frescos, si su supuesta “unicidad” la comparten millares a diario?
Todo es raro y contradictorio hoy en día. Demasiada gente ingenua se ha convencido de que cosa que cuelga en las redes (Facebook, Twitter o lo que sea), la va a contemplar el universo mundo, cuando lo más seguro es que pase tan inadvertida como las sesiones de diapositivas a que antaño se sometía a cuatro amistades cuando nuestros padres volvían de un viaje, o como los comentarios que se hacían en el café ante los compinches habituales. La gente está demasiado ocupada colgando sus fotos y lanzando sus tuits para molestarse en ver o leer los de los demás. El lema de nuestro tiempo debería ser: “Cada loco con su tema”, y el único tema –y de todos– es uno mismo. “Mira lo que me voy a comer”, y envían foto de un plato. “Mira dónde estoy”, y envían la de un vertedero o una puerta o la espantosa estatua gigante de una rana en el Paseo de Recoletos (ya hablé de esa afrenta). “Mira con quién estoy”, y arrojan la de un locutor o caricato con los que se han topado en la calle. “Mira lo que estoy viendo”, y ahí van sus selfies ante La Gioconda, proclamando que pueden estar viéndola, pero desde luego no mirándola.
Todo esto recuerda a los niños pequeños que precisan la constante atención de la madre o el padre: “Mamá, mira lo que hago”; “Mira, papá, ahora sin manos”. El niño necesita testigos para asegurarse de que efectivamente está en el mundo y existe (todavía se está acostumbrando a la novedad, y requiere confirmación incesante: ¿verdad que no soy una figuración, pues hago cosas y las veis?). Esa inseguridad inicial solía pasarse, y bastante pronto. Ahora da la impresión de que no se pasa nunca, de que las personas exigen contar con espectadores y espejos de todas sus actividades, hasta de las más vulgares. Un síntoma más de la creciente e inacabable puerilización del mundo. Uno se pregunta a veces si quedan muchos individuos capaces de disfrutar de algo sin ser contemplados en su disfrute. De un paseo, de un paisaje, de una obra maestra pictórica que no sea banalmente célebre, de un edificio o rincón en el que uno fije la vista por su cuenta, sin que se los hayan señalado una página web o una guía. Si queda algo autónomo y que se aprecie en sí mismo, y no como decorado de nuestro insaciable narcisismo.


dimecres, de gener 02, 2013

ELS QUE MANEN






Massa vegades els intel·lectuals abdiquen d’una de les seves raons fonamentals com és la d’explicitar de manera clara i contundent allò que la resta de mortals veiem i entenem però que no sabem explicitar. Una denúncia que és fonamental per establir el cert control exterior que la democràcia exigeix. Abdiquen d’aquesta funció ja que massa vegades son dependents dels estaments oficials que la mateixa democràcia ha creat en el que pertoca a habitual medis de subsistència com ho son conferències , presentacions , premis, càrrecs i prebendes vàries.

Sortosament encara queden alguns valents capaços de cantar la canya sense vergonyes ni embuts. En Javier Marías n’és un d’ells. Cada diumenge des de la seva trona de EPS ens fa el sermó setmanal que il·lumina els pensaments dels seus fidels, entre els que em trobo. Aquest cap de setmana la seva columna és simplement espectacular. Per això no m’estic de penjar-lo en el post d’avui amb el consell de llegir-lo detingudament.

LOS QUE MANDAN

El truco es viejo como el mundo, no se entiende cómo  aún funciona, y quizá hoy más que nunca. Hice hablar de ello a un personaje de mi novela más reciente, que se hacía una reflexión parecida a esta: no es sólo por necesidad o comodidad por lo que uno delega en otros, sobre todo para los asuntos ingratos o los trabajos sucios; el que da la orden de matar a alguien y contrata a un sicario puede llegar a convencerse de que apenas tuvo que ver en el asesinato, al fin y al cabo él no estaba allí cuando se cometió; por inverosímil que parezca, cabe la posibilidad de engañarse hasta las últimas consecuencias, se puede poner en marcha una cosa y después “desentenderse”, y por supuesto culpar al que se manchó las manos. No en balde los actores y cantantes, los escritores, los boxeadores y los toreros cuentan con representantes, agentes, managers y apoderados respectivamente. No sólo les sirven para ocuparse de la burocracia y conseguirles condiciones mejores, asesorarlos en cuestiones que los aburren o de las que poco saben, también para quitarse responsabilidades. “Eso es decisión de mi agente”, se escaquean. “Mi representante no me lo permite”, como si el delegado tuviera potestad para imponerles algo. Salvo con los actores, escritores y demás muy tontos o despistados, muy inútiles o ensimismados, eso nunca es cierto: son ellos quienes tienen la última palabra. Otro tanto ocurre con los clientes y sus abogados, los empresarios y sus asesores, los Presidentes y sus ministros. Pero, si ellos mismos son capaces de persuadirse a veces de que son “inocentes” de lo que ejecutan sus subordinados o secuaces, ¿cómo no van a convencer al resto, a la gente corriente?

El truco funciona aún tanto que hace unas semanas los jueces (que no son precisamente del montón, sino personas formadas y duchas en detectar triquiñuelas) cayeron en la ingenuidad de desestimar como interlocutor de sus protestas y reivindicaciones al Ministro de Justicia, que ha conseguido sublevar  a magistrados, fiscales, abogados y procuradores y a la población entera, independientemente de sus tendencias e ideologías. “Hay que hablar de poder a poder: con el Presidente”, dijeron. ¿De verdad creen que habría alguna diferencia si su interlocutor fuera Rajoy? ¿Que Gallardón toma decisiones injustas, hace reformas abusivas y demenciales por cuenta propia y con toda libertad? ¿Se imaginan que Rajoy sería más razonable? ¿Acaso ignoran que los actos de Gallardón los dicta su superior, o si acaso FAES, la fundación de Aznar, que le va señalando el camino y el modelo de Estado? Lo mismo sucede con el hipervitaminado torete Wert, al que desde el primer día se le subió a la testuz el cargo. Que el pobre se haya desquiciado a nivel personal y se haya “animalizado” no significa que obre espontáneamente, hasta ahí  podíamos llegar. Sus reformas, sus recortes, sus sumisión a los obispos, su lunático deseo de españolizar a los españoles (es otro que ha logrado ponerse en contra a la sociedad en su pleno: rectores, profesores de todas las enseñanzas, alumnos, padres de alumnos, artistas, empresarios culturales), no son meras ocurrencias suyas, por mucho entusiasmo que haya decidido aplicarles como buen siervo que es. Obedecen a un plan, son órdenes de los que mandan; su reclamadísima dimisión no serviría de nada. Tampoco Montoro actúa por propia iniciativa (con su vocezuela), ni Mato en Sanidad, ni Fernández Díaz en Interior; ni siquiera el subalterno-sustituto de Aguirre en la Comunidad de Madrid, aunque parezca enfrentado con el Gobierno en su aspiración a cobrarle a la gente un euro por receta médica. Todos están supeditados al Presidente, todos siguen sus consignas.
¿Cómo es posible que la población se crea –jueces incluidos- que en un partido congénitamente autoritario como el Popular los delegados van por libre? (Ese partido, no se olvide, fue fundado por Fraga, ex-ministro de Franco, y jamás ha utilizado otro método para designar candidatos que el dedo de quien está más arriba; desconocen lo que son elecciones internas o primarias.) Hace ya muchos meses, al poco de ocupar Rajoy la Presidencia, dije aquí que su estilo de gobernar y escabullirse era claramente heredero del de Franco, a buen seguro su mayor maestro. Lamento que el tiempo me haya dado la razón con creces, porque, tras tanto decreto-ley y tanta imposición de su mayoría absoluta, tanto menosprecio del Parlamento y de la oposición, tanta amenaza poco velada a los medios críticos y tanto incumplimiento de sus promesas y de su programa, tanto atropello a los derechos de los españoles arduamente adquiridos, a este Gobierno sólo le queda de democrático la manera en que fue elegido. No hay que remontarse a Hitler para recordar que a un Gobierno no le basta con eso para ser democrático: el timbre ha de ganárselo a diario, en sus formas y en sus fondos. Rápidamente, en sólo un  año, nuestro país se va pareciendo –algo o bastante– a la Venezuela de Chávez, a la Italia de Berlusconi, a la Rusia de Putin y a la Argentina de Cristina Fernández, es decir, a pseudodemocracias o regímenes más bien despóticos, aunque salidos de las urnas. Los máximos responsables no son los subordinados, por selváticos y desagradables que sean los actuales ministros. Ellos cumplen, sobre todo, lo que les exige el que manda, sea éste Rajoy o –aún más grave– el 2consejo pensante” de FAES, al que nadie nunca ha votado.
JAVIER MARÍAS